
¿Cuándo oramos? ¿Sólo cuando necesitamos pedirle algo a Dios?
Me parece que la mayoría de nosotros cae en la trampa de orar intensamente por cosas que deseamos o que necesitamos: salud, un empleo mejor, protección contra un peligro, ayuda durante una crisis.
Pero, cuando la crisis ha pasado, ¿cuántos de nosotros nos acordamos de pronunciar una oración de gracias?
A veces, somos como los leprosos del Evangelio: Jesús los curó a los 10. Pero sólo uno regresó para darle las gracias.
Thanksgiving, ese Día de Dar Gracias que celebramos como la fiesta típica de nuestro país, es el mejor recordatorio de que debemos darle gracias a Dios. No porque Dios necesite que le demos gracias, sino porque nosotros debemos recordar que todo lo que tenemos y todo lo que somos proviene de Dios.
El agradecimiento es una actitud que debemos cultivar durante todo el año, no sólo el Día de Dar Gracias.
¿Cuántos de nosotros decimos gracias antes de cada comida, para recordar que Dios nos alimenta física y espiritualmente?
Es fácil olvidar, en una tierra donde los alimentos provienen de un horno de microondas o de la ventanilla de un establecimiento de comidas rápidas, que Dios es el Señor de las cosechas.
Los antiguos israelitas sabían esto, por supuesto, porque dependían de la tierra para obtener su sustento. Muchos de nuestros hermanos y hermanas del Tercer Mundo lo saben también, porque su propia supervivencia depende de los ciclos de la naturaleza, de los años de plenitud, de sequía o de hambre.
En el Deuteronomio, se les ordenó a los israelitas: “Cada año apartarás el diezmo de todo el producto de tu sementera, lo que haya producido el campo, año por año” (14: 22).
Y además: “Cada tres años apartarás todo el diezmo de tu cosecha de ese año y lo depositarás a tus puertas. Así vendrán el levita –ya que él no tiene parte ni heredad contigo–, el forastero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán y se hartarán, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas las obras que emprendas” (14: 28).
La gratitud, por lo tanto, está debidamente vinculada a la generosidad, pues si creemos que todo lo que tenemos se debe a nuestros propios esfuerzos, nuestra inclinación natural es acapararlo todo y no compartir nada. Pero si reconocemos que la generosidad de Dios es imprescindible para que prosperemos, nos inclinaremos a ser tan generosos con los demás como Dios lo ha sido con nosotros.
El dinero y las posesiones materiales tienden a crear barreras entre Dios y nosotros. Pensamos en el dinero como en algo que hemos ganado, y en los bienes materiales como en algo que hemos comprado.
Pero el mérito no es todo nuestro. Dios ha dotado a todos y a cada uno de nosotros con los talentos, la inteligencia y las oportunidades necesarias para alcanzar ese poder adquisitivo que, en nuestra sociedad, equivale al éxito.
El libro del Deuteronomio nos ordena regocijarnos en las bendiciones del Señor. Lo hacemos todos los años en el Día de Dar Gracias, una gran fiesta, digna de la nación más bendecida sobre la tierra.
Pero, para que sea genuina, nuestra gratitud debe ir acompañada por la generosidad. Como el Deuteronomio también nos dice: “Nadie se presentará ante el Señor con las manos vacías; sino que cada cual ofrecerá el don de su mano, según la bendición que el Señor, tu Dios, te haya otorgado” (16: 16-17).
Se trata de una proporción amplia para quienes vivimos en la nación más rica de la tierra. Un Día de Dar Gracias difícilmente compensa las bendiciones que recibimos de Dios en todo el año.
Esforcémonos, entonces, para vivir en estado de Dar Gracias durante todo el año, lo cual significa ser tan generosos con los demás como Dios lo ha sido con nosotros. Y acordémonos de dar gracias a Dios, día tras día, por todas las bendiciones recibidas, grandes y pequeñas.
JohnFavalora
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

0 comments:
Post a Comment